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Opinión

La justicia vs. la esperanza del ciudadano

Por: Manuel Contreras Herazo, Coordinador y supervisor jurídico – Consultora ZM 

A lo largo de la historia, la palabra justicia y todo lo que en esencia implica, ha sido abordada por muchas personas que de alguna manera han tenido una estrecha relación con ésta; filósofos teólogos, sociólogos, juristas; en fin, son muchos los expertos que se han interesado en definirla e interpretarla.

Bajo este contexto, las múltiples acepciones que se han tejido en torno a ella comparten algo en común, y es que en su mayoría los conceptos convergen hacia un mismo horizonte. Jurídicamente hablando, la justicia es el fin último que persigue todo Estado verdaderamente defensor de los derechos y las libertades, lo que demanda una efectiva diligencia no solo del poder judicial, sino de la administración en general; en otras palabras, se consolida como la piedra angular que sostiene el conglomerado social.

Cabe resaltar, que es extremamente complejo para el ciudadano del común entender la dinámica del concepto de justicia, abordado y representado desde cada uno de sus extremos como piedra angular; es decir, como un principio, como un derecho y no menos importante como un valor. Fundamentalmente, lo que importa al administrado es recibir lo que en verdad se espera, a lo que he llamado “una expresión de alivio a la necesidad”.

Desde esta perspectiva, los ciudadanos consideran que hallan justicia en la medida en que se suple tal necesidad, lo cual tiene una estrecha relación con la labor de servir, y no solo de servir, sino de servir bien. De esta obligación son mayormente responsables los servidores del Estado, pues cargan en sus hombros el compromiso social de actuar en justicia, como un deber sujeto a las funciones que realizan. Hecha esta salvedad, es menester señalar que la escéptica percepción de eficiencia que tienen las personas acerca del tema, guarda relación con los hechos noticiosos que dan cuenta de los actos de descomposición registrados a lo largo de la historia y que involucran a los servidores antes mencionados. Sin lugar a duda, una problemática real e inaceptable que amplía la brecha a la antítesis que día a día fractura la confianza depositada en la labor que estos realizan.

Esta oscura situación, pone en el tintero el siguiente interrogante: ¿Qué pasa con estos actos de descomposición que se presentan casi a diario?  ¿Qué pasa que se multiplican rápidamente y se comportan como un virus que carcome los códigos de ética, que sostienen el actuar transparente de los servidores? Frente a esto no existe una explicación clara, lo cierto es que los hechos demuestran que estamos viviendo un fenómeno que no da tregua, que fomenta la injustica social, el hambre y la desigualdad. De cara a esta realidad donde el derecho punitivo no resulta ser la mejor solución; es de reconocer que los buenos son más.

En suma, el ciudadano espera que esta realidad cambie y mientras esto pasa, no visualizan otra solución diferente a seguir aferrados a la frase esperanzadora: «La justicia de Dios tarda, pero llega”.

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